Thérèse creció tendida en la misma cama que Camille, sometida a los mismos mimos cálidos de su tía. Tenía una salud de hierro y la criaron como a una niña enfermiza: compartía las medicinas que tomaba su primo, no salía de la tibieza de la habitación del enfermito. Permanecía durante horas acurrucada junto al fuego, pensativa, mirando las llamas de frente, sin entornar los párpados. Aquella vida forzosa de convaleciente la encerró en sí misma; adquirió la costumbre de hablar en voz baja, de caminar sin hacer ruido, de quedarse callada y quieta en una silla, con los ojos abiertos y sin mirada. Y cuando alzaba un brazo, cuando adelantaba un pie, se notaba en ese cuerpo elasticidad felina, músculos cortos y enérgicos, todo un caudal de energía, todo un caudal de pasión, amodorrados en su adormecida carne.