Cada hombre tenía una tarea. Por ejemplo, un tal Rufo se encargaba de recorrer el laberinto de trincheras reptando por el fondo; debía enganchar una amapola en los tobillos de todos los infantes que portaban arma de guerra para darles suerte. Rufo iba jadeando y con la lengua fuera, negra de pólvora. En el bando contrario, otro Rufo hacía lo mismo, pero en lugar de engancharles amapolas les cosía un escapulario donde se podía leer bordado: «Detente bala. El Sagrado Corazón de Jesús está conmigo».