Y me decía a mí misma que, al no ver y no poder leer, por las noches –pues padecía de insomnio– preparaba mentalmente el recibimiento de la persona que acudiría a visitarla, de modo que cada vez el encuentro era una creación. Así en el diálogo no se daba ni un momento vacío, ni una salida del pentagrama trazado, y ella lo orientaba siempre hacia lo profundo del tema que le inspiraba el que tenía delante, abarcándole. María dirigía la conversación como uno imagina pudo haber hecho Sócrates mediante aquel procedimiento llamado mayéutica que consistía en preguntas a través de las cuales lograba que fuera el interlocutor quien llegara a la conclusión por él deseada. Cuando estábamos a solas, siempre se revelaba su don de magisterio, su incitar al saber, su modo de abrir el horizonte a la mente ávida de saber.