Anatxu Zabalbeascoa

  • Sara Gabrielmembuat kutipanbulan lalu
    Para el autor de la Historia ilustrada de la decoración interior desde Pompeya hasta el siglo XX, el hombre que no tenía sentimientos hacia la casa era como para Shakespeare el hombre que carecía de sentido musical: un tipo nacido para la traición, el engaño y el robo.
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    El propio Thoreau fue juzgado como vagabundo (y encarcelado) aunque hubiera advertido en su Walden que le aterrorizaba pensar en la obligación de quitar el polvo todos los días a las figuras que decoraban su mesa “mientras que el mobiliario de mi mente está aún lleno de polvo”.
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    Estaba convencido de que la casa era una expresión, y también una expansión del yo. “La casa es para el dueño. Y el dueño para la casa”,
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    En el siglo XVIII el sastre progresista Francis Place no describía una habitación propia en la que escribir o pensar.
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    En el siglo XVIII el sastre progresista Francis Place no describía una habitación propia en la que escribir o pensar. Hablaba de supervivencia física.
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    “Tener que comer y beber, cocinar, lavar, planchar y llevar a cabo todas esas ocupaciones domésticas en la habitación que su marido trabaja y en la que ambos duermen conduce a la degradación de un hombre y una mujer en la opinión de cada uno y en la de ellos mismos”, escribió.
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    El filósofo Immanuel Kant atribuía a la casa la única posibilidad frente al horror de la nada. Y relacionaba libertad con estabilidad y errancia con criminalidad.
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    En ese sentido, la historiadora Michelle Perrot recuerda la realidad política de una casa: “No hay votante sin domicilio”.
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    Y los últimos tiempos han recordado como nunca que la casa puede ser propiedad y objeto de inversión. Aunque como apuesta vital resulta algo fallida: por la posesión de una casa los herederos son capaces de despedazarse entre sí
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    “Si crece con naturalidad, la arquitectura se cuidará casi sola”, parecía una máxima incuestionable.
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