Me proclamo discípula, mala, pero discípula, de los escritores españoles. No sólo de los autores de teatro, sino de los prosistas, desde los clásicos hasta Valle-Inclán, Gómez de la Serna, etc., que me han enseñado el disparate, ya que no he podido alcanzar su imaginación y fantasía. Me siguen asombrando El Licenciado Vidriera, Los cuernos de don Friolera, El coloquio de los perros, etcétera.